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Del desafío #challengeaccepted a la utopía del empoderamiento

Actualizado: 25 nov 2020

Desde hace unos días, se nos llenó el feed de instagram con fotos en blanco y negro de mujeres utilizando los hashtag #ChallengeAccepted y #strongwomensupporteachother que pueden traducirse como reto aceptado y mujeres fuertes que se apoyan mutuamente. ¿De dónde y por qué surge esta iniciativa a la que se unieron tanto Paris Hillton, Graciela Borges como tu compañera de primaria?



Empecemos por el principio. Este reto mundial tiene su origen en las lejanas tierras de Turquía donde cada vez hay más mujeres asesinadas por violencia de género. El número creciente de femicidios y la legitimación relativamente alta de discursos misóginos extremos en los medios de comunicación, fortaleció el movimiento de mujeres que ha sido exitoso en frenar legislaciones regresivas y mantener derechos adquiridos como por ejemplo, el aborto.


Frente a esto, el gobierno férreamente conservador del presidente turco, Recep Tayyip Erdoğan reaccionó desaprobando el activismo y advirtiendo que deben dejar de insistir en la problemática. Como si esto fuera poco, grupos religiosos extremistas piden al gobierno en nombre de "los derechos de los hombres" y "la estructura familiar" que deje sin efecto “La Convención de Estambul”, un tratado para combatir la violencia contra las mujeres que se estableció el 11 de mayo del 2011. Actualmente, 12 países la han firmado sin ratificarla, y 34 países encabezados por Turquía, la han firmado, ratificado y se han comprometido en cumplirla.


La Convención de Estambul contempla como delito todas las formas de violencia contra la mujer: la violencia física, psicológica y sexual, incluida la violación; la mutilación genital femenina, el acoso y el matrimonio, aborto y/o esterilización forzada. Esto implica que los Estados deben introducir en sus sistemas jurídicos estos delitos. También establece que la violencia contra la mujer es una violación a los derechos humanos y una forma de discriminación.


Las amenazas del Gobierno de dejar sin efecto la Convención de Estambul, sumado a los efectos combinados de la profunda toxicidad masculina, el trolleo de las redes sociales, una economía destrozada y las cuarentenas por el COVID-19 han dejado a las mujeres turcas en su año más sangriento. Sólo en julio, 40 mujeres fueron asesinadas, la mayoría por su familiar varón más cercano. De allí la necesidad de movilizarse para defender los derechos ya adquiridos.



Lo personal es político


Cuando se denuncian asesinatos, muchos a escondidas o encubiertos, los acusados suelen ser liberados o levemente penalizados de forma económica. Este es el caso para todas las mujeres turcas, sean jóvenes o viejas, kurdas, solteras, queers o trans. Como en otros lugares, las víctimas son culpabilizadas. Circulan rumores acusándolas de ser infieles, impuras o de alguna manera, merecer sus asesinatos. Los hombres –para sorpresa de nadie- usualmente son mostrados en los medios de comunicación como indefensos, pasionales amantes que solo intentan hacer entrar en razón a sus víctimas.


En Turquía -y en muchos países más-, es considerado descortés cuestionar asuntos de la vida doméstica. Es así como grupos activistas feministas turcos han realizado una campaña en redes sociales publicando sus fotos en blanco y negro emulando las fotografías difundidas en los medios de comunicación de las mujeres muertas. Porque si en algo se parecen los medios de todo el mundo es en no respetar nunca la imagen de las mujeres, ni siquiera después de muertas. Una foto de una mujer en blanco y negro es, posiblemente, una foto de una mujer asesinada.


Pinar Gültekin, una estudiante universitaria que fue reportada como desaparecida el 16 de julio. Ella había sido vista por última vez esperando por un colectivo en la provincia de Mugla. Pinar había sido golpeada, estrangulada y enterrada en un barril. Su asesino y ex novio, Cemal Metin Avcı está bajo custodia, principalmente por la cobertura que se le dió desde las redes sociales.






La tradición occidental de vendernos espejitos de colores


Esta campaña nos llegó del otro lado del mundo licuada de contenido. Ya no se trataba de nuestro derecho como mujeres, lesbianas, trans y no binaries a que no nos maten sino que se vinculó más a la aceptación física y -por qué no- a los conceptos tan explotados últimamente: autoestima, amor propio y empoderamiento.


-¿Está mal entonces que yo suba una foto en blanco y negro participando?


No, para nada. Cada una hace con sus redes sociales lo que más le plazca.


-¿Ayudo a la causa y me empodero como mujer?


Tampoco.


Veamos por qué.


El sociólogo Erving Goffman en 1975 elaboró el concepto de marcos de referencia (framing) para referirse a nuestra forma de ver el mundo. Un marco es un límite imaginario que colocamos inconscientemente en torno a un conjunto de sucesos, personas y lugares, para centrar en ello la atención –y no en otro lado- dejando afuera, muchas veces, el contexto original.


Las interacciones sociales –según Goffman- tienen sentido cuando las interpretamos de acuerdo con ciertos marcos de referencia que nos permiten encuadrarlas. De allí la importancia de conocer de dónde surge esta campaña. Porque de lo contrario terminamos compartiendo fotografías nuestras para que nuestres seres querides nos digan lo bonitas, fuertes y empoderadas que nos vemos. Pero en realidad, ¿esto nos empodera o le estamos delegando la potestad de nuestro autoestima a otres para que nos enriquezcan el ego y la seguridad en forma de likes?



Hablemos de poder y de empoderamiento femenino


Desconfíen siempre cuando a un sustantivo le sigue el adjetivo “femenino”. Eso es la muestra de que tal sustantivo para los hombres tiene un significado y para las mujeres otro. Cuando se habla de poder, hablamos de estar en condiciones de hacer determinada cosa sin que nada lo impida. Cuando hablamos de empoderamiento hacemos referencia a la adquisición de poder e independencia por parte de un grupo social desfavorecido para mejorar su situación.


Curiosamente, cuando pensamos en un hombre empoderado podemos relacionarlo fácilmente con un multimillonario, un empresario, un líder religioso, militar o político e incluso un deportista exitoso. Sin embargo, pensar en una mujer empoderada –sobre todo en este último tiempo- se vincula a quien se expone de manera física y masiva sin “importar el qué dirán”.

Desde el año 2009,​ la revista Forbes ha creado una lista de las personas más poderosas del mundo (uno por cada 100 millones de personas en el planeta) basándose en factores como recursos financieros, alcance y uso del poder. La lista actualmente está compuesta en sus primeros 10 lugares por: Vladimir Putin, Donald Trump, Angela Merkel, Xi Jinping, Papa Francisco, Janet Yellen, Bill Gates, Larry Page, Narendra Modi y Mark Zuckerberg. ¿A cuántos de elles hemos visto en pose o sexualizades mostrando su "empoderamiento" o belleza? A menos que tengan data que yo no sé, a ningune. Como dice la activista y modelo, Brenda Matto "el empoderamiento es otra cosa".











Repito. ¿Está mal entonces que me muestre en redes sociales para mostrar mi apoyo en la campaña #ChallengeAccepted? No, claro que no. Simplemente sería útil no quedarnos solo en el deseo individual de sentirnos deseadas y dar un paso más, contextualizar el conflicto y recordar que el poder es otra cosa. Mientras sigamos teniendo miedo a que nos violen y nos maten incluso dentro de nuestras casas, el poder no nos pertenece. Necesitamos recordarnos que la lucha es colectiva y nos necesita unidas pero sobre todo despiertas. Porque mientras nosotras jugamos a ser no solo barbies sino todo tipo de muñecas, los hombres están afuera, ocupando lugares con poder real y tomando decisiones por todes nosotres.

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