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Retratos de mi primer #8M

Actualizado: 25 nov 2020

Memorias fotográficas de mi primera marcha, por el Día Internacional de la Mujer, como periodista feminista.


Aprovechando la semana de les fotógrafes, hago uso de este espacio para plasmar una vivencia personal sobre el primer 8 de Marzo que cubrí como periodista feminista.


8 de Marzo, unos días previos al caos que sacudió el mundo tal y como lo conocíamos. Pero justo antes de desbaratarse, nos permitió copar, a cara descubierta, las calles de la Ciudad de Mendoza un domingo de sol.


Los preparativos para Las Trenzas habían empezado mucho antes: desde la división de tareas a cubrir, la gestión de transporte y el punto de encuentro, entre otras cosas.

Esa mañana el grupo de whatsapp explotaba con recomendaciones, indicaciones y recordatorios. Mi hermana se ofreció a acompañarme por primera vez en su vida: se pegó una ducha, elegimos calzado cómodo y ropa fresca. Por último, lo infaltable: pintamos unos carteles en casa, con las consignas que mas nos conmovían y salimos a la calle.


Llegamos temprano, el punto de encuentro fue San Martín entre Alem y Vicente Zapata, pese a la hora y el calor eran bastantes las mujeres, lesbianas, travestis, trans y no binaries haciendo la previa. La calle se inundaba de a poco con abrazos y reencuentros por todos lados adornados de pañuelos con los colores de las campañas: rosa, Campaña de Emergencia en Violencia contra las mujeres; blanco o violeta, Campaña Ni Una Menos, naranja, Campaña de Separación de la Iglesia y el Estado; y el infaltable verde, de la Campaña por el Aborto Legal, Seguro y Gratuito.


En la calle nos maquillamos y peinamos entre nosotras, nos ofrecimos agua, nos sacamos fotos, cantamos. Era una fiesta. Siempre es una fiesta, nuestra fiesta, nuestro momento, nuestro espacio y nuestra lucha.


Saqué la cámara del bolso y le puse la tarjeta de memoria, revisé la batería y ajusté el foco. Más adelante mis compañeras ya habían empezado con la labor del día. Entrevistar, grabar, preguntar, correr de un lado a otro de la columna de miles de mujeres unidas en la misma lucha.


Empezamos a marchar y nos separamos, cada una sabía lo que tenía que hacer. La verdad, yo quisiera haber podido sacarle una foto a cada una de las mujeres que vi. Una imagen que refleje la emoción y la alegría en algunas, el hartazgo y la desigualdad en otras, el reclamo saliendo de la garganta de esas madres que perdieron a sus hijas en manos de la violencia machista, la súplica de justicia, la mirada con esperanza, las ganas de cambiar el camino, la necesidad de que no le pase a otras lo que ya nos pasó a tantas.

Marchamos con y sin banderas, marchamos con colores verdes, rosa, naranja y con todo esos juntos agregando el amarillo, el violeta, azul, celeste y todos los colores que nos caben en la diversidad que somos. En el camino cantamos, pedimos, exigimos.


Levantando la vista para hacernos eco de las que nos estaban mirando desde sus balcones, las que nos acompañaban, desde otro lugar. Todas y todes: niñas, jóvenes, adultas, sin distinguir edades, raza, clase social, éramos una.


Ése día corrí sin descanso, pero en el camino entre foto y foto me topé con un matecito amigo, una calco nueva para mi compu, un abrazo de mis profes de la facultad, la cara familiar de mis amigas mezcladas entre la multitud haciendo camino para que mi ahijada, y sus amigas crezcan en un mundo más justo. Para que lo que no tuvimos nosotres sea para quienes vienen.


Ya en la Plaza Independencia, nos volvimos a reunir. Nos abrazamos de nuevo. Compramos pancitos, y algo fresco para tomar, nos buscamos un lugar en el pasto desde donde poder ver el escenario, y nos contamos todo lo que y habíamos vivido durante la tarde. Miramos una vez más las fotos, pensamos en nuevos videos, creamos más material, seguimos trabajando.


Cuando relajamos, nos fuimos a comer algo todas juntas. Así, llenas de glitter, tierra, agotadas, despeinadas, con el maquillaje corrido entramos a un barcito y pedimos comida para el doble de personas que éramos. No quedó nada.

Brindamos, por el día, por nosotras y el trabajo, por las brujas que nos heredaron la tierra y la lucha. Brindamos por las niñas que marcharon cantando y por las abuelas que con sus pañuelos blancos nos enseñaron a caminar.


Cuando la comida se terminó, nos preparamos para, al día siguiente, poder seguir cumpliendo con la misión que nosotras mismas nos pusimos al hombro, que defendemos todos los días, que militamos y tratamos de emprender con respeto y responsabilidad.


Solemos decir que el Encuentro Nacional de Mujeres es un viaje de ida y que algo cambia en cada mujer que asiste y así fue para mí. En octubre del 2019 en La Plata viví mi primer encuentro Nacional de Mujeres como Periodista Feminista y fue una locura hermosa -que seguramente les voy a contar en otro momento- pero en marzo del 2020 mi primer 8M como Periodista y Fotógrafa Feminista fue mi viaje de ida.


Ojalá el COVID-19 pase pronto y nos volvamos a encontrar para inundar las calles, más guerreras y sedientas de justicia que nunca.





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