No separemos obra de creación
- Romina Quiroga

- 20 ago 2020
- 7 min de lectura
Actualizado: 25 nov 2020
La nominación de "El mató a un policía motorizado" a los premios Gardel avivó el histórico debate sobre hasta dónde se debe separar al artista de la obra. A la luz de hechos de abuso, violación y pedofilia relacionados con grandes industrias artísticas y magnates ¿es válido seguir aplaudiendolos?

Hace unos días, nos enteramos que “El mató a un policía motorizado” quedó nominado para más de cinco categorías en los premios Gardel de este año. No es la primera vez que nos topamos con que artistas acusados de abusos sexuales son premiados y reconocidos por instituciones que hacen oídos sordos y separan el abuso de la creación.
En el blog “Ya No Nos Callamos Más” publicaron un alerta que acusaba al baterista de El Mató, Guillermo Ruiz Díaz de violación en un posteo anónimo el año pasado.
Horas después la misma banda colgó un contra posteo rechazando las acusaciones. En los comentarios, Ariel Luján, una de las administradoras de No Nos Callamos Más y querellante en el caso Cristian Aldana, criticó la reacción de la banda: "No aportan absolutamente nada ante las violencias, solo generar esto, que nos sigan violentando y encima con la complicidad de su página, de su comunicado tibio, de su revictimización".
Por unos días la situación explotó las redes y los medios, pero al final todo quedó ahí. Para nosotras es moneda corriente. Ellos nos violentan y después les premian, les alaban, siguen trabajando, siguen viviendo. Nosotras hacemos terapia, nosotras sorteamos los miedos, nosotras nos quedamos con la vida a la mitad buscando consuelos, respuestas y, a veces, una justicia que nunca llega.
“Ahora todo es abuso”; “ ser varón es un factor de riesgo, siempre podemos ser acusados injustamente”. Nos corren con frases hechas, nos violentan de nuevo y además nos obligan a tener que explicar con manzanas que, -atento Raúl, va una clase gratis- no es que ahora todo es acoso, es que antes no se debatía ni se juzgaba, porque el silencio reinaba como un manto invisible, era una regla impuesta. Antes las mujeres no contaban, no exponían, no tenían las herramientas. Si el abuso era perpetrado por varones de poder y mínimamente conocidos, denunciar no era una opción.
Si no nos creen ahora, con pruebas, denuncias y pericias, con compañeras que levantan la voz y pueden relatar las mismas conductas de las mismas personas, con testigos, con grabaciones del celular, con fotos, cuestionarios interminables sobre preguntas humillantes que respondemos una y otra vez, ¿Quién le iba a creer a la niña que Pablo Neruda violó y luego convirtió en poema inmortalizando para siempre el horror? ¿Quién iba a cuestionar al "genio" detrás de tal obra maestra? Seguro le hubiesen respondido de esa forma: “Los hombres son así, necesitan desahogo”. “Es un honor que el maestro te haya concedido tal muestra de virilidad”.
Puedo hasta imaginar la culpa que recayó sobre las niñas polinesias que sus padres intercambiaban por dinero para que posaran desnudas para las pinturas de Paul Gaugin y que después él convirtió en sus esclavas sexuales. Gaugin, sin embargo, todavía figura en material didáctico para escuelas, sus cuadros valen fortunas y se exhiben en los mejores museos del mundo. Su arte sigue siendo la vara desde donde los críticos miden las nuevas expresiones y talentos.
Y la culpa no era mía ni dónde estaba ni cómo vestía
Si no nos creen ahora, ¿Cómo iban a creerle a mujeres que apenas si tenían educación y eran criadas en esferas donde lo doméstico y lo público se dividían otorgando pleno dominio del varón en ambos casos. ¿Cómo no las juzgarían por su ropa, sus modos, por decir que no, por su dignidad, el honor, la integridad, por estar ahí, por existir?
Todo está hecho para hacernos creer que la culpa siempre es nuestra, nos adoctrinan, nos ignoran, nos callan, nos humillan. Nos enseñan que “no” en realidad es un sí, porque macho que se respeta jamás acepta un no como respuesta. Los mensajes obscenos, desubicados, ultrajantes, amenazantes los mandan ellos, pero cuando no les respondemos, reaccionamos, ignoramos, exponemos y denunciamos somos unas putas, unas histéricas, unas mal cogidas - si, ellos son los que nos cogen mal, pero igualmente el insulto va para nosotras-, nos merecemos que nos violen, les da risa que nos maten.
Pero bueno, no exageres, ni mezcles porque esos artistas ya murieron ahora es diferente. Hay que separar el autor de la obra porque si fuese requerimiento necesario para ser artista, el hecho de la intachable moralidad, el arte se extinguiría del mundo. Hay cierto amargor en esta frase. Los artistas que ya murieron, que quedaron fuera de nuestro tiempo no se pueden retractar, es cierto. Pero todavía existen contemporáneos que se creen por encima de la ley y la integridad de otras personas. Y con ellos todavía podemos hacer mucho.
Las agendas para eliminar la violencia, en todos sus aspectos, deben ser transversales al arte también, en cualquiera de sus manifestaciones. El arte es expresión del alma y también de experiencias, educación, de trayectorias. Es reflejo de miserias, es rebeldía, es confrontación con le otre y con la propia subjetividad. Y es de donde salen los temas que incomodan, que molestan, que denuncian, que visibilizan, que ponen en tela de juicio.
Acostumbramos a no separar al creador de su creación, cuando los primeros cometen "pecadillos" y borramos con el codo que el proceso de creación está atravesado necesariamente por una subjetividad impregnada en vicios patriarcales, como consecuencia violentos y naturalizados. Y en cualquier obra el contexto es un ingrediente más de la totalidad. Sumado a esto, hacemos la vista gorda a que nadie puede estar por encima de la ley, sea quien sea y haga lo que haga.
Otra cuestión es que la violencia sexual está irremediablemente mediada por el poder. El poder que creen que autoriza a los varones por sobre otres. Y es que para llegar al punto de ultrajar a alguien entra en juego la cuestión del dominio. Un abusador puede porque en su mapa mental le otre es inferior, está por debajo, su integridad física y psicológica no cumplen rol alguno. Entonces puede, si se le antoja, disponer.
Autor y obra asuntos separados
En el caso de celebridades, el poder está exacerbado y los rodea un halo de idealización que nos impide pensarlos como seres que además de cantar, actuar, dirigir, escribir, pensar, pintar, patear la pelota y tener emporios multimillonarios, comenten tales aberraciones. Y ese poder, esa idealización y ese dominio, les protegen de pagar en vida las deudas con la justicia por crímenes contra otres.
Movimientos como el “Mee too” iniciado en Estados Unidos, destapó casos que son un claro ejemplo de que mientras más poder se tenga, más violencia se puede cometer impunemente.

La regla tácita que separa artistas de la obra, nunca es igual para las mujeres. Las artistas femeninas son juzgadas en función de su vida privada y la mayoría de las veces prima y trasciende la creación. Los títulos de esposa, amante, compañera, hermana anteceden la carrera profesional y la opacan. Conocemos todos los detalles de la vida privada de la pintora Frida Kahlo y, tomando un ejemplo más cercano, la muerte de Alfonsina Storni es más célebre que sus poemas.
El éxito y el fracaso de la creación femenina se juzga y se consume en función de que tan interesante sea la vida doméstica que existe detrás. Para nosotras no hay regla que valga: si somos adictas, promiscuas, enfermas, amantes, malas madres se va a saber y jamás alcanzaremos la gloria ni el reconocimiento.
Entonces sí que se puede separar al autor de la obra. La resignificación de obras, episodios y personajes idílicos pasados que estamos haciendo desde hace algunos años en un proceso sin vuelta atrás, nos permite replantear y cuestionar conductas sociales que teníamos naturalizadas. Es un proceso que plantea una mirada sumamente crítica del mundo que nos rodea y de los seres que admiramos. Los nombres de poderosos son puestos en duda. No son intocables, -ya no más-, porque son hombres individuales conscientes de las consecuencias de sus actos y del dominio que ejercen sobre sus víctimas.

No está mal consumir algunos productos culturales con mirada crítica
Pierre Bourdieu elaboró una teoría que establece que el poder de las audiencias es capaz de modificar considerablemente la línea editorial de un medio. Nosotras, nosotres, les violentades, somos un porcentaje mayoritario de audiencia, somos críticas al consumo y sensibles a la violencia que se ejerce desde diferentes sectores. Entonces, necesariamente, tenemos que levantar la voz, tenemos que quejarnos, tenemos que desarraigar y romper con el consumo que nos proponen y nos imponen. Mejor aún con las subjetividades que crean y disponen.
No está mal que consumamos sus productos - siempre con mirada crítica-, tampoco tienen que dejar de trabajar si todavía hay gente dispuesta a trabajar con ellos, pero lo que ya no es necesario es premiar la violencia machista. Ya no es necesario que suban a un escenario, a ojos de centenares de espectadores en todo el mundo, pronuncien un discurso y se les otorgue un premio respaldado por una entidad como la Cámara Argentina de Productores de Fonogramas y Videogramas (CAPIF).
En la esfera pública no se le deben brindar más plataformas de poder a los abusadores porque eso colabora con el silenciamiento y la perpetuación del abuso, la legitimación del dominio y la violencia de unes ejercida sobre otres.
Separar la obra del artista en casos en los que se cometieron delitos sexuales y violentos es lograr que la voz del artista prevalezca por sobre la de las víctimas que denuncian.
En cuanto a los escraches no son la solución, porque no resuelven un problema social con raíces tan profundas, pero son el arma a mano cuando la justicia no actúa, cuando el Estado nos señala con el dedo a nosotres y deja abusadores gozando de su libertad y privilegios.
Ya no nos callamos más. Tal vez porque la empatía nos permite saber lo que es sentirse vejadas, pisoteadas, manoseadas, despojadas de dignidad y humanidad, de raciocinio, de espacios, aunque no lo experimentemos en carne propia.

Respecto de la alerta contra el baterista de El mató, nunca se formalizó una denuncia en la justicia, por lo tanto el caso no trascendió y las razones por las que esto fue así sólo las conoce la persona que vivió tal situación.
Un viejo proverbio reza: "inocente hasta que se demuestre lo contrario" Pues, bajo mi propia experiencia y la de mis hermanas, en estos casos a riesgo de ser juzgada yo prefiero creerle siempre a la víctima y no al abusador, porque podría vivir sabiendo que defendí a una persona que mintió, pero jamás podría vivir sabiendo que defendí a una persona que violó".
Por más empatía en el mundo, por menos bandas como “El mató a un policía motorizado”.




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