La transgresión de Frida
- Romina Quiroga

- 6 jul 2020
- 4 min de lectura
Actualizado: 25 nov 2020
La reina incuestionable de las selfies cumpliría 113 años. Celebramos la lucha por los pueblos aborígenes, el hibridismo del género y la bisexualidad que plasmó en sus pinturas, logrando hacer de los trajes tradicionales mexicanos, la joyería exótica y el semblante cejijunto, su imagen de marca.

Magdalena Carmen Frida Kahlo Calderón, llegó al mundo un 6 de junio de 1907. Ella misma cambiaría la fecha, por tres años después cuando ya militaba en las filas del partido comunista, y así hacerla coincidir con los acontecimientos revolucionarios. "Yo soy una hija de la revolución" decía al respecto.
Desde muy pequeña el dolor se hizo su sombra. A los 6 años se enfermó de poliomielitis. Esta primera enfermedad la obligó a permanecer nueve meses en cama y le dejó una secuela permanente: la pierna derecha mucho más delgada que la izquierda. Como parte de su rehabilitación, Frida practicó diversos deportes, algunos poco usuales en la sociedad mexicana de su época para una niña, como fútbol o boxeo.
Así comenzaba una seguidilla de sucesivas afecciones, lesiones diversas, accidentes y operaciones. En 1922 ingresó a la Escuela Nacional Preparatoria de Ciudad de México, que recientemente había comenzado a admitir estudiantes de sexo femenino. Eran solo 35 mujeres, de un total de dos mil alumnos. En el colegio formó parte de un grupo político, entre anarquista y revolucionario, que se denominaba: Los cachuchas. Eran rebeldes, críticos de la autoridad, protestaban contra las injusticias y se movilizaban por las reformas del sistema escolar.

Frida -" Fridita" como le decía su padre- podría haber sido una doctora, como soñó siempre desde la niñez. Pero el dolor le tenía preparado otro destino, y después del accidente que le destruyó el cuerpo los primeros años de juventud, la pintura fue el único alivio.
Postrada durante meses, cuando el corsé de yeso ya no tuvo más espacio en blanco donde dibujar, le construyeron un atrio adaptado a la cama y le llenaron el cuarto de pinceles y lienzos.
Decidió que el momento en el que al fin se pusiera en pié de nuevo, ella sería una pintora. Con uno de sus cuadros bajo el brazo y apoyada en el bastón, le exigió al pintor Diego Rivera - veinte años mayor que ella- que bajara del atrio y evaluara su trabajo. Ese día fue el primero de muchos días en los que vagaría entre la felicidad, la euforia, el dolor y la soledad hasta la muerte. Y es que crecer en confinamiento, la había hecho vulnerable a las tretas del querer.

Pero ella no empezó a existir cuando se casó con Rivera, tampoco fue un satélite de los logros del pintor que por su posición y condición de género siempre tuvo más posibilidades en un mundo donde las mujeres eran las modelos, nunca las artistas.
Frida puede ser un símbolo cuestionable en materia de relaciones heterosexuales, pero ya sabemos que no iríamos con ella por consejos amorosos aunque sí por una botella de tequila. Sacarla del altar de las relaciones tóxicas, el dolor y el sufrimiento, cambia por completo la lectura feminista que podemos hacer de su legado, de su imagen, de la construcción que debajo de los colores, los clavos, los yesos y los amores frustrados, ella misma hizo de sí misma, enfrentándose a regímenes políticos y a mandatos patriarcales.
La pintora mexicana, fue transgresora de múltiples normas convencionales de la época y queriendo o no, hizo visibles reclamos, situaciones, padecimientos e injusticias con las que lidiaban mujeres, disidencias y el pueblo aborigen mexicano. Desde el reflejo de su propio dolor, supo tejer entre pinceladas y palabras la historia de su vida, desdoblando su personalidad en múltiples autorretratos.

En lugar de realizar un dulce trabajo, como se esperaba en una mujer de la época claramente supeditada a la vida doméstica y al dominio masculino, construyó una obra llena de singularidad y drama tanto por los temas como por las representaciones que hizo de sí misma.
Fue de las primeras pintoras que expresó la identidad femenina desde su propia óptica, rechazando la visión de lo femenino que se imponía desde el tradicional mundo masculino y heterosexual. Aludía sin tapujos a sus deseos sexuales, su orientación bisexual, la liberación de su género, el tratamiento de tabúes en torno de la menstruación, la maternidad y el aborto. Además se representó en su obra de manera ambigua, con características sexuales andróginas, con algunos rasgos considerados como masculinos, exagerando sus cejas, su incipiente bigote y usando pantalón, prenda casi prohibida para las mujeres "respetables" de ese entonces.

Fruto del matrimonio con Rivera, Frida se embarazó dos veces. Ambos embarazos no llegaron a término como consecuencia de las lesiones del accidente. Y aunque quiso nunca pudo ser madre. El sufrimiento que padeció en los procedimientos para extirpar los fetos y la sensación de un útero muerto quedó plasmado para siempre en sus pinturas. “ No pinto sueños, ni deseos. Pinto mi propia realidad” solía decir.
El aborto fue otro de los temas tabú que abordó en repetidas ocasiones, dejando caras horrorizadas en las galerías de arte, que no entendían como la sangre menstrual tenía lugar fuera del ámbito privado del universo femenino.
En sus pinturas, también plasmó un enfoque hacia la interpretación del marxismo y la lucha por los derechos de los indígenas que en los años 30 eran atropellados y negados en su condición de ciudadanos.
Fue miembro activo del partido comunista mexicano, hasta el día de su muerte un 13 de julio de 1954. Y acorde con sus ideas, ella hizo de su vestimenta, de su casa y su obra un registro de las raíces americanas, incluyendo la etapa prehispánica.
Desde hace un par de años, la artista se ha convertido en un icono idolatrado particularmente en el mundo de la moda, es esta situación la que ha hecho que Frida se convirtiese en un producto del consumismo, algo que la misma pintora criticaba.

Su casa- esa donde nació, creció y murió- La Casa Azul, hoy es un museo y ahí se conservan todos los recuerdos, su guardarropas, sus utensilios, muebles y algunas de sus pinturas. Es el destino predilecto para turistas y es uno de los primeros lugares al que me gustaría ir alguna vez.
Un nuevo aniversario de su cumpleaños nos recuerda rescatar lo importante, analizando las conductas destructivas y las razones por las que las padecía, empatizando con su soledad y su dolor pero nunca dejando de lado el reconocimiento que se merece tanto dentro como por fuera de la pintura.




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